
Uno de los puntos más polémicos en la
historia de Juana de Arco fue su relato acerca de las voces y visiones que le
guiaron a realizar la hazaña por la cual se convirtió en la heroína más
grande de la Historia Universal.
A Juana le hablaron, además del Arcángel
San Miguel, las vírgenes y mártires Santa
Catalina de Alejandría y Santa
Margarita de Antioquía. Juana era, como ellas, virgen y se convertiría en
mártir y santa.
En los registros que se conservan del juicio a
que fue sometida por sus enemigos, ha quedado sentado que ella, de alguna
manera, se negó siempre a dar detalles sobre estos mensajes. Poco ha sido lo
que se ha logrado esclarecer al respecto, pero una pequeña reflexión podría
arrojar algo de luz: si Juana, a pesar de su ignorancia y de su humilde origen
como pobre pastorcilla, mantuvo la ferviente voluntad de no irrespetar lo que
Dios le había transmitido a través del Arcángel San Miguel y de las Santas
Catalina y Margarita, al negarse a emitir ningún tipo de juicio o consideración
al respecto, nos debe llevar a un sólo punto, Juana se consideró siempre un
medio y no un fin.
Si bien se negó a dar detalles sobre el
contenido de los mensajes, sí declaró bajo juramento inquisitorial que empezó
a oír y ver cosas a partir de los doce años de edad, más o menos. Ésa era la
que ella creía tener por entonces. Nunca hasta el juicio había contado la
verdad total de lo que había vivido realmente a nivel extraordinario con las
voces que escuchó a lo largo de su corta vida.
Al parecer, la primera vez, estaba en la parte
trasera del huerto de su padre, tranquila, mientras realizaba algunas faenas de
labriega, sabiendo que un poco más lejos, a su derecha la protegía la figura
estática y pétrea de la iglesia del lugar. De repente un crujido estruendoso y
una luz resplandeciente aparecieron de la nada proveniente exactamente de allí.
Miró y no vio nada. Por encima de su cabeza, alguien empezó a hablar desde
arriba. Ella quedó paralizada, llena de miedo y sin poder moverse. A pesar de
que la voz era cálida y le susurró palabras de alegría, además de algunas de
consuelo: "Sé buena y piadosa Juana. Grandes cosas se esperan de
ti".
Días después sucedería el mismo fenómeno
paranormal y luego una tercera ocasión. Pero en esta, la muchacha quiso
entender que quien le hablaba era el Arcángel San Miguel. El Capitán de las
huestes de los ejércitos celestiales, blandidor de la espada divina de la
justicia, y cómo no, curiosamente el mismo San Miguel que estaba desde hacía años
elegido como patrón de Francia. Al parecer esta voz nunca le dijo quién era ni
ella lo preguntó. Por un tiempo tuvo dudas, pero como lo que le enseñó y
aleccionó era para defender a su país llegó un momento en que la duda se
desvaneció. Debió ser por los días en que lo vio por primera vez.
Ella
lo describió como un ser alado y luminoso que descendía de los cielos.
Manteniendo siempre el diálogo suspendido en el vuelo. Los encuentros
terminaron siendo tan asiduos que eran hasta de tres por semana. Sin embargo, un
día el ángel no vino sólo. Dos mujeres elegantemente ataviadas y con coronas
de oro le acompañaban. Ella entendió que eran Santa Catalina y Santa
Margarita, dos vírgenes mártires que entregaron su vida por la pasión de su
fe. Pero los nombres tampoco parece ser que se los puso, otra que no fuera, ella
misma. El ángel le vaticinó que por un tiempo ellas y no él serían las que
vendrían a verla, para instruirla: "Ellas te visitaran en mi lugar,
porque han sido designadas para guiarte y aconsejarte. Cree cuanto te digan y
haz lo que te ordenen, porque esta es la voluntad de Dios".
Ella había sentido desde la más tierna infancia predilección
por las vidas de estas dos santas. Tal vez por eso quiso "reconocerlas en
estas dos mujeres luminosas". Dijo en el juicio que desprendían una
fragancia muy envolvente y seductora.
Se postró ante ellas y obedeció haciendo voto de castidad
perpetua. Durante cuatro años nadie supo de las experiencias de Juana, a
excepción de su confesor que pudo haberse llevado el secreto a la tumba.
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