Algunas reflexiones sobre el liberalismo y el cristianismo*
POR ALBERTO BENEGAS LYNCH (H)
* Presentado en el Congreso que patrocinó el Institute for American
Relations en mayo de 1981, publicado en Buenos Aires por la Fundación Carlos
Pellegrini y reproducido en México por el Instituto de la Integración
Iberoamericana.
Uno de los caminos más efectivos a que ha
recurrido el totalitarismo en su batalla ideológica frente a los espíritus
libres ha sido el de tergiversar el significado de las palabras a los efectos
de dejar incomunicado al adversario. Ejemplo claro de este procedimiento son
las confusiones deliberadamente creadas en torno al significado del
liberalismo. También, por otra parte, en muchos casos de buena fe, se le han
atribuido connotaciones equívocas al liberalismo apartándose de su significado
original en la tradición anglo-sajona.
Podemos resumir dichas acepciones equívocas en
cinco grupos. Primero: como sinónimo de libertino afirmando, por ejemplo, que
tales o cuales personas "son muy liberales" en sus costumbres.
Segundo: como sinónimo de izquierdista como sucede, por ejemplo, actualmente en
los Estados Unidos. Es interesante detenerse un instante en este caso pues
considero que ilustra magníficamente lo que señalamos al comienzo respecto de la
incomunicación a través de la tergiversación del lenguaje. Los genuinos
liberales del país del norte renunciaron a utilizar el término
"liberal" pues consideraron que debido a las muchas acepciones de la
palabra resultaba mejor recurrir a otra. Así es que se decidieron por el
término "libertario" para referirse al liberalismo tradicional y
entregaron el uso de "liberal" a los izquierdistas mal llamados
"progresistas" norteamericanos. Hace poco, en Londres, se fundó la
Unión de Libertarios Marxistas, movimiento que sorprendió sobremanera a los
nuevos libertarios de Estados Unidos, quienes probablemente deberán escoger
otro término para poder comunicarse. Con este procedimiento es posible que
estos fenómenos se repitan sin percibir que, ni bien se arraigue la nueva
denominación, también ésta será distorsionada a los efectos de prolongar y
acentuar la confusión. El uso correcto de los vocablos no responde a un
capricho sino a la necesidad de expresar ideas con la mayor precisión posible.
En tercer término, se recurre al término
liberalismo como sinónimo de rousseauniano que, precisamente, resulta ser la
antítesis del espíritu liberal. En Rousseau está la semilla del populismo
moderno al pretender que todo debe ser decidido acatando siempre la
"voluntad general". He aquí el origen de la corrupción de la
democracia que hace posible expresiones como las del profesor de Harvard,
German Finer, quien dice que "en una democracia la mayoría decide que es
lo que está bien'' (1).
Cristo fue precisamente el mayor mártir de esta
versión degradada de la democracia puesto que su inmolación fue decidida por
una mayoría sin límite alguno. La influencia rousseauniana ha penetrado de tal
manera en el pensamiento contemporáneo que se llega a admitir que el aspecto
mecánico y formal de la democracia --como es la mayoría o la primera minoría--
puede eliminar su aspecto principal como es el de la obligación de los
gobernantes de respetar y garantizar los derechos de los gobernados.(2)
En cuarto lugar, se ha usado la expresión liberal
como sinónimo de libertinaje al hacer manifestaciones del tipo de "la
libertad no es absoluta, no hay libertad para cualquier cosa", etc. Al no
hacer la debida separación entre libertad y libertinaje se incurre en graves
errores como cuando se hace referencia al "abuso de derecho"' lo cual
constituye una logomaquía como bien han señalado los juristas Planiol y Ripert,
puesto que no es posible que una acción sea al mismo tiempo conforme y
contraria al derecho. La función de gobierno en un Estado de Derecho consiste
en maximizar el campo de la libertad y eliminar el libertinaje protegiendo y
garantizando los derechos individuales.
En quinto lugar, se hace referencia al
liberalismo en el sentido que establece la Proposición Ochenta del Syllabus, es
decir, libre pensador en materia de dogma, posición desde luego condenada por
la Iglesia.
Liberal es el partidario de la libertad,
entendida ésta en el contexto de las relaciones sociales y donde hay ausencia
de coacción humana. Carece de significado, en este aspecto, referirnos a la
libertad para hacer alusión a restricciones físicas o biológicas del hombre.
Afirmar que no se es libre porque no podemos ir volando por nuestros propios
medios a la luna y porque no se puede ingerir arsénico o dejar de alimentarnos
sin sufrir las consecuencias o afirmar que se es "esclavo" de tal o
cual vicio implica utilizar los términos libertad y esclavitud en un contexto
que se encuentra fuera de las relaciones sociales. Libertinaje, en cambio,
necesariamente implica una lesión al derecho. La filosofía liberal está basada
en principios morales básicos como es la dignidad de la persona que
necesariamente implica libertad, puesto que sólo el ser libre es responsable de
sus actos.
Cuando se hace referencia a Occidente no se está
haciendo alusión a un lugar geográfico sino a una forma de vida cuyos
antecedentes se encuentran en Grecia, en Roma, en la grandiosa revolución moral
del Cristianismo y todo ello consustanciado en el espíritu de la libertad
indivisible sobre el que se construye el liberalismo. Los cimientos del
liberalismo entonces están basados en un trípode inseparable de principios
morales, jurídicos y económicos. En la medida en que se ha adoptado el
liberalismo se han obtenido frutos de extraordinario valor en cuanto al respeto
por el derecho, la dignidad del hombre, el bienestar social y la libertad como
medio para la consecución de la felicidad, de la perfección, es decir, de Dios.
El hombre, ente finito, posee una estructura acto-potencial. Enriquece su ser
al actualizar sus potencialidades naturales en busca del bien moral, lo cual
resulta posible si existe libertad. Difundir esta concepción de la vida fue la
preocupación principal de liberales de la talla de Acton, Toqueville y Mercier
de la Riviere. En este sentido, vale la pena transcribir una cita de aquel
eminente profesor de Filosofía Moral, que fue uno de los precursores del
liberalismo. Me refiero a Adam Smith que en su primera obra, La Teoría de los
Sentimientos Morales, dice que "Cuando al seguir los principios naturales
somos conducidos hacia aquellos fines que un adecuado razonamiento nos
recomienda, generalmente nos inclinamos a sostener que es la razón la causa
eficiente de tales conclusiones y tendemos a imaginarnos que es la sabiduría
del hombre la que permite tales conclusiones cuando en realidad se debe a la
sabiduría de Dios [...] Los principios que gobiernan a la naturaleza humana son
las reglas y las leyes de Dios. Generalmente todas las reglas las denominamos
leyes: por ejemplo las reglas generales relativas a los cuerpos en conexión con
el movimiento se denominan leyes del movimiento. Pero aquellas reglas generales
vinculadas con nuestras facultades morales en el sentido de aprobar y condenar
determinadas acciones deben ser consideradas con mucha mayor razón como leyes.
Estas últimas tienen una semejanza mucho mayor a lo que habitualmente llamamos
leyes [...] Estas leyes son promulgadas por un Ser Superior y su sanción está
vinculada al premio y al castigo [...] La felicidad del hombre aparece como la
meta original que se propuso el Autor de la Naturaleza. No otro parece ser el
fin de esta Suprema Sabiduría; esta opinión la deducimos de consideraciones
abstractas de su Perfección Infinita, y está confirmada por la observación de
la misma naturaleza que aparece dirigida a la promoción de la felicidad y a
eludir la miseria. Al actuar de acuerdo a los dictados de nuestras facultades
morales, necesariamente estamos promoviendo los medios más efectivos para
promover la felicidad de otros y en este sentido podemos decir que estamos
cooperando con Dios. Por el contrario, estamos obstruyendo en alguna medida el
esquema del Autor de la Naturaleza, de la felicidad y la perfección del mundo y
nos estamos declarando, si me permiten la expresión, enemigos de Dios si
actuamos en un sentido contrario a lo que nos dictan las facultades
morales".(3)
Como se ha señalado en diversas oportunidades,(4) muchos de los
escolásticos fueron los precursores de la Escuela Austríaca, en verdad uno de
los movimientos intelectuales más prolíficos del liberalismo.
A pesar de lo que hemos señalado, los hechos
históricos, especialmente los referidos a la revolución industrial, han sido
tergiversados y las posturas liberales muchas veces falseadas para inducir al
público, consciente o inconscientemente, a que suscriba el sistema socialista
muchas veces oculto tras los más diversos rótulos y denominaciones. Tal vez el
intento más fecundo para demoler el liberalismo ha sido realizado por la
Sociedad Fabiana a través de los centros académicos de mayor renombre de
Occidente.(5)
Resulta frecuente que se recurra al término
capitalismo en lugar de emplear el de liberalismo. A mi juicio, esto involucra
un error puesto que el término "capitalismo" constituye una
parcialización ya que hace referencia al aspecto material de la cuestión. El
liberalismo, en cambio, como hemos dicho, se refiere a una forma de vida que
trasciende en mucho lo meramente material. Además de ello --y en este sentido
es posible que haya un prejuicio de mi parte-- fue Marx el que bautizó el
régimen de libertad con el apelativo el capitalista (6). Con estas
reflexiones en modo alguno estoy insinuando que carece de importancia el
bienestar material. Estoy simplemente apuntando al orden prioritario de los
valores del espíritu sobre lo material. Vinculado a este tema, muchos autores
cristianos han incurrido también en importantes malinterpretaciones respecto
del concepto de pobreza y riqueza en la Biblia al pretender que Jesús fue un
patrocinador de la pobreza y, por ende, del hambre y la miseria general (7). Nada más
equivocado, Jesús se refiere permanentemente a los pobres en el espíritu
("Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de
los cielos" Mateo V - 3), fustigando al que anteponga lo material al amor
de Dios, en otras palabras al que "no es rico a los ojos de Dios"
(Lucas XII - 21), y llamando la atención a los que carecen la humildad, aquella
virtud que tiene lugar cuando el hombre tiene conciencia de sus propias bajezas
y actúa en concordancia. En la Enciclopedia de la Biblia (8) al hacer
referencia a las enseñanzas de Mateo leemos que "fuerzan a interpretar la
bienaventuranza de los pobres de espíritu, en sentido moral de renuncia y
desprendimiento interior de las riquezas" y más adelante en la misma obra
(Tomo VI, pág. 240/241) se insiste que "la clara fórmula de Mateo
--bienaventurados los pobres de espíritu-- da a entender que ricos o pobres, lo
que han de hacer es despojarse interiormente de toda riqueza mediante la
omnipotente ayuda de Dios y según los deseos de Cristo y, convencidos de la
propia debilidad, confiar únicamente en El". En el Apocalipsis (9), se dice
"conozco tu tribulación y tu pobreza --aunque eres rico-- y las calumnias
de los que se llaman judíos sin serlo y son en realidad una sinagoga de
Satanás" y en Proverbios (10): "quien
confía en su riqueza ese caerá". En Salmos (11) se afirma:
"a las riquezas, cuando aumenten, no apeguéis el corazón". En la
Biblia con el concepto de pobreza "se recalca entonces la actitud del alma
y la disposición interior"(12). En el Deuteronomio(13), leemos la
advertencia: "acuérdate que Javeh, tu Dios, es quien te da la fuerza para
que te proveas de la riqueza". También en la Biblia se señala que "si
alguno no provee para los que son suyos, y especialmente para los que son
miembro de su casa, ha repudiado la fe y es peor que una persona sin fe"(14). En la parábola
del joven rico se muestra como ese rico optó por lo material en lugar de
Dios(15) ya que
"nadie puede servir a dos señores''(16). En la parábola
del joven rico, tantas veces tergiversada, conviene destacar que para aclararle
la idea a sus discípulos Jesús dice: "'¡cuan difícil es para los que
confían en las riquezas entrar en el reino de Dios!(17) También resulta
de gran importancia señalar que Jesús a continuación dijo: "más fácil es
pasar un camello por el ojo de una aguja que no entrar un rico semejante
en el reino de Dios"(18). Por último con
respecto a este tema, la Enciclopedia de la Biblia enseña que "la
propiedad, concepto jurídico derivado del legitimo dominio, aparece en la
Biblia como inherente al hombre''(19) y que "los
Hechos de los Apóstoles refieren en la que los fieles vendían sus haciendas
para provecho de todos, pero no hacen de tal conducta --que en sus
consecuencias fue catastrófica, ya que hizo de la Iglesia Madre una carga para
las demás iglesias-- una norma, ni menos pretende condenar la propiedad
particular"(20). Santo Tomás de
Aquino, con claridad, explicó que: "No es el caso que allí donde hay menos
pobreza haya también menos perfección. Antes bien, puede haber suma perfección
con gran opulencia". También Clemente de Alejandría apunta en su The
rich man's salvation que "no contar con riquezas y andar por los
caminos en la más absoluta pobreza no garantiza en modo alguno la bendición de
Dios". La caridad de que tanto nos hablan las Sagradas Escrituras implica,
necesariamente, un acto libre y voluntario realizado con recursos propios. La
caridad, en lo que se refiere a la entrega de bienes materiales, indudablemente
implica la propiedad a que, por otra parte, se hace referencia en dos de los
Mandamientos: no robar y no codiciar los bienes ajenos. En su Motu Propio del
18 de diciembre de 1903 S.S. Pío X refiriéndose a las desigualdades
patrimoniales decía que los "escritores católicos deben guardarse de
inspirar al pueblo aversión por las cosas superiores y hablar de justicia allí
donde no se trata sino de caridad".
A pesar de lo expuesto los llamados
"sacerdotes para el tercer mundo", muchos de ellos fariseos,
recomiendan la redistribución coactiva de los ingresos al tiempo que suscriben
los errores antes apuntados sobre el concepto de pobreza y riqueza. Como se
sabe re-distribuir ingresos implica volver a distribuir coactivamente lo que el
mercado ya distribuyó voluntariamente, según los criterios de mayor
productividad. Dejando de lado los efectos nocivos de la redistribución de
ingresos, en cuanto a que, a la postre, conducen a menores ingresos y salarios
en términos reales, debemos señalar la contradicción implícita en la postura de
esos "sacerdotes para el tercer mundo". No es posible afirmar que la
pobreza material es una virtud per se y, al mismo tiempo, sostener que deben
re-distribuirse ingresos. Si lo que se busca es una mayor pobreza habría que
destruir la mayor cantidad de bienes económicos posible pero no entregarlos a
otros puesto que esos otros quedarían "contaminados".
Es importante señalar que la pobreza y riqueza
son términos relativos. No es posible definir al pobre y al rico en términos
absolutos, por lo tanto siempre habrá pobres y ricos desde el momento en que
existen diferencias de rentas y patrimonios. Sin embargo, cuando los
"sacerdotes del tercer mundo" hacen la apología de la pobreza, lo
hacen en el sentido de los que llaman "desposeídos".
Desde el punto de vista económico, strictu
sensu, de lo que se trata es que exista el mayor bienestar material
posible. Para ello es menester lograr la optimización del ritmo de
capitalización, ya que el capital --instalaciones, equipos, maquinarias y
herramientas-- hace de apoyo logístico al trabajo para aumentar su rendimiento,
lo cual implica mayores ingresos y salarios en términos reales. Para lograr
este resultado es necesario que existan las debidas garantías a la propiedad y
que no se establezcan disposiciones como la del salario mínimo que
inexorablemente se traduce en el desempleo de la gente que más necesita
trabajar(21). Al respecto,
considero oportuno poner de relieve el absurdo de hacer referencia a "las
relaciones entre el capital y el trabajo" puesto que mal puede contratar
el capital que está formado por instrumentos de producción. La contratación
tiene lugar pues entre distintas formas de trabajo. Este error proviene de
creer que existe una "clase trabajadora" y, además, circunscripta al
trabajo manual, sin percibir que el factor trabajo incluye el intelectual. En
este sentido, adoptar la expresión "clase trabajadora" implica, de
hecho, avalar la teoría de la explotación marxista puesto que, en este
supuesto, habría una "clase" que trabaja y otra que la explota.
Lamentablemente, muchos autores cristianos han
incurrido en los errores apuntados a los cuales, como ya he dicho, muchas veces
se agregan otras erróneas concepciones que obstaculizan la adecuada comprensión
de los fenómenos económicos por parte de lectores desprevenidos.
El cristianismo no sólo no opone per se
barreras al desarrollo de las energías creadoras del individuo sino que
facilita grandemente su desarrollo. Han sido los "falsos profetas" y
malos representantes del cristianismo los que han incurrido e incurren en
errores que conducen a un achatamiento de lo cultural y material (recordemos el
lamentable caso de Galileo y de prohibiciones eclesiásticas para estudiar
algunos trabajos de Santo Tomás de Aquino. Para información relativa a este
último caso, véase La Filosofía de la Edad Media de Etienne Gilson). Sin
embargo, el espíritu cristiano, en gran medida hizo posible la aplicación del
liberalismo, es decir, de los frutos de la sociedad libre. No es una casualidad
que el liberalismo haya podido expresarse principalmente en naciones y pueblos
cristianos.
Como explica el profesor L. Rougier en su
monumental obra The genious of the West, otras religiones, en cambio,
aún sin ser factores determinantes, constituyen per se serias trabas
para la aplicación y los resultados del sistema de la libertad. Tal es el caso,
por ejemplo, del taoísmo, del hinduismo y de los musulmanes.
En China, se vieron los usos del carbón, se
inventaron los relojes mecánicos, se recurrió a la pólvora antes que en
Occidente. Asimismo, expresaron principios importantes sobre meteorología e
ingeniería hidráulica y descubrieron los usos del papel, la imprenta y la seda
muy tempranamente. Sin embargo, no le dieron uso industrial a su inventiva.
Ello se debe, en gran parte, a que el taoísmo aconsejaba la evasión del mundo.
Lao-tsé atribuía los problemas del hombre a que se apartaba del estado natural
e intentaba dominar su destino y las fuerzas de la naturaleza.
Similar es el caso de la India luego del budismo.
Este país cuenta con cuantiosos recursos naturales en un extenso territorio.
También fueron pioneros en muchos aspectos de las matemáticas, las
posibilidades de trabajo en metales y textiles. Sin embargo, el hinduismo
predica también la evasión que sería inherente a la idea de Brahama, además de
establecer rígidos sistemas de castas (el paria debe resignarse a su condición,
puesto que se debe a los malos actos cometidos en su existencia pasada, los
cuales se purificarían en el presente para permitir una mejor existencia luego
de la reencarnación).
Con el Islamismo ocurre también algo similar.
Para el musulmán todo el conocimiento está contenido en el Corán. El profeta
Mahoma enseñaba que todo lo que sucede es la voluntad de Alá y, por ende, no
debe intentar cambiarse.
Por otra parte, el cristianismo ha sido un pilar
fundamental de moralidad y espiritualidad que permitió la existencia de los
frutos de una sociedad libre. Entre estos frutos desde luego, se cuenta el
notable bienestar material que tiene lugar en la medida en que se adoptan los
postulados del liberalismo. El aludido mayor bienestar social no significa en
modo alguno igualdad económica. Al respecto resulta sumamente ilustrativa una
reflexión de S.S. León XIII (22) "Quede,
pues, sentado que cuando se busca el modo de aliviar a los pueblos, lo que
principalmente y como fundamento de todo se ha de tener es esto: que se debe
guardar intacta la propiedad privada", y sigue diciendo el Santo Padre
"Sea, pues, el primer principio y como la base de todo que no hay más
remedio que acomodarse a la condición humana, que en la sociedad civil no
pueden todos ser iguales, los altos, y los bajos. Afánanse, en verdad, los
socialistas; pero vano es ese afán y contra la naturaleza misma de las cosas.
Porque ha puesto en los hombres la naturaleza misma grandísimas y muchísimas
desigualdades. No son iguales los talentos de todos, ni igual el ingenio, ni la
salud, ni la fuerza; y a la necesaria desigualdad de estas cosas sigue
espontáneamente la desigualdad en la fortuna. Lo cual es por cierto conveniente
a la utilidad, así de los particulares como de la comunidad; porque necesita
para su gobierno la vida común de facultades diversas y oficios diversos; y lo
que a ejercitar otros oficios diversos principalmente mueve a los hombres, es
la diversidad de fortuna de cada uno".
En algunas oportunidades, al afirmar la verdad de
que el crecimiento económico y el progreso material son medios para fines de
orden espiritual y moral, se ha incurrido, a mi juicio, en otra equivocación
conceptual al condenar la "sociedad de consumo". Hablar de sociedad
de consumo es una redundancia, puesto que la sociedad, o más bien el individuo,
que no consume se muere por inanición. Sería lo mismo que hablar de la
"sociedad que respira". Distinta es la referencia que a veces se hace
al "consumismo" en el sentido de señalar los peligros de anteponer
lo material a los valores del espíritu.
La diferencia entre el sistema social de la
libertad o el liberal y el totalitario radica en que en el primer caso es el
individuo el que manifiesta sus preferencias a través de sus compras o
abstenciones de comprar en el mercado, mientras que en el segundo, son los
gobernantes de turno quienes deciden acerca de los destinos que debe de tener
el fruto del trabajo de los gobernados. En esto no caben terceras posiciones.
La libertad es un don de Dios, en ningún pasaje de la Biblia se encuentra
consejo alguno en el sentido de que es lícito lesionar la libertad. En la Biblia,
también las terceras posiciones están condenadas: "el que no está por mí,
contra mí está; el que conmigo no recoge desparrama"(23). El profesor
Claude Robinson explica en su obra Understanding Profits que el sistema
de ganancias y pérdidas apunta a que se satisfagan las necesidades del prójimo
como condición para satisfacer las propias. Robinson afirma que "podemos
confiar en las implicancias éticas de un sistema que retribuye a quienes
sirven a sus semejantes los cuales juzgan acerca del mérito del oferente. En
cambio, cuando interviene el Estado necesariamente se modifican los resultados
y se constituyen factores de presión a los efectos de apoderarse de riqueza sin
tener en cuenta el referido mérito". (Este tema es también tratado en la
colección de la Unión Editorial de Madrid en los libros La Moral del mercado
de H. Acton, La ética de la sociedad competitiva de F.H. Knight y La
libre empresa, imperativo moral de varios autores, especialmente,
para nuestro propósito, véase la colaboración de W.J. Wessels).
En estas breves reflexiones en torno de algunos
aspectos del liberalismo y el cristianismo pretendo señalar que en las
propuestas políticas y económicas del liberalismo no sólo no hay ni puede
haber contraposición alguna con las enseñanzas del cristianismo,
sino que hay plena coincidencia, desde que ambos afirman que la libertad
constituye requisito sine qua non para la responsabilidad individual y,
por ende, para que tenga sentido el valor moral. Como se ha dicho, en ningún
lugar de las Sagradas Escrituras se encuentran recomendaciones contrarias a la
sociedad libre y este es, precisamente, el medio a que recurre el liberalismo
para que cada uno pueda desarrollar su capacidad creadora y encaminarse hacia
el Fin Ultimo. Como también se ha dicho, la naturaleza del hombre implica
libertad, por ello toda lesión al Estado de Derecho --la quintaesencia del
liberalismo-- necesariamente significa negar parte de dicha naturaleza, como
bien ha apuntado el profesor Louis Rougier(24). Demás está
decir que el liberalismo y el cristianismo tienen puesta su atención principal
en dos órdenes sustancialmente distintos: el temporal y el espiritual. El
liberalismo no garantiza la moral individual, sólo se ocupa de reprender las
acciones que lesionan derechos de terceros. De ahí es que el célebre jurista
Jellinek afirmó que el Derecho --la Ley-- es un "minimun de ética",
la moral trasciende el aspecto legislativo y entra en la esfera de la
conciencia individual. Es en esta esfera en la que principalmente actúan e
iluminan los representantes de Cristo en la tierra; esta tarea espiritual
constituye su área principal que es diluida y destruida en la medida en que se
secularice y mucho más si sus posturas en lo temporal resultan ser
incompatibles con la filosofía cristiana como son las de los mencionados
"sacerdotes para el tercer mundo"(25)
Como sabiamente ha sostenido San Agustín, la
diferencia del hombre con el resto de los animales es su "capacidad para
trascender". Como hemos dicho más arriba, el hombre actúa en busca de la
felicidad, esta es la esencia del socratismo en la ética, de Aristóteles cuando
señalaba que "se ve, pues, que la felicidad, por sí suficiente es el fin
real de todas las acciones", se encuentra en el Sermón de la Montaña, en
la frase que cita Santo Tomás de Aquino de San Agustín: "ser felices, esto
no podemos no quererlo", San Gregorio de Nisa por su parte escribió:
"la felicidad, tal es el fin [...] Todo lo que se obra seria y
deliberadamente tiene en mira la felicidad". El doctor Manuel Río define
la cuestión con gran claridad al sostener que "la felicidad denomina con
la mayor propiedad al estado a cuya concepción se dirige, acertada o
erróneamente, toda la acción del hombre"(26). El fin de la
vida es entonces la felicidad, la perfección, es acercarse a Dios. Por ello es
que como bien muestra el Rev. Edmund A. Opitz "hay una diferencia
irreconciliable entre el ateo y el teísta, entre los que creen que el hombre
ocurrió en un universo sin sentido y que será conducido a un punto sin
significado ni trascendencia alguna y los que creen en la trascendencia del
hombre y los propósitos de Dios" y continúa afirmando que "nos
armamos militarmente para hacer frente a las amenazas comunistas, pero ¿para
qué sirven los barcos, armas y bombas poderosas si nos encontramos espiritual e
intelectualmente desarmados? [...] Nuestra sociedad en gran medida actúa aparte
de Dios, Su dimensión parece haber dejado de existir en nuestra vida social y
el hombre pretender ser su propia meta y su propio fin" para finalmente
afirmar que "en el orden temporal la filosofía cristiana implica una
sociedad libre, un gobierno con poderes limitados y un mercado libre"(27). Como bien
enseña Mons. Fulton Sheen: "los comunistas carecen de libertad pero saben
a que los conducirla la libertad; nosotros que todavía tenemos libertad,
parecería que aún no sabemos para que sirve".
Apunta el profesor Daniel Villey (28) que el problema
entre muchos teólogos y el liberalismo, especialmente en lo relativo a su
aspecto económico, es que "muy pocos teólogos católicos saben
verdaderamente lo que es el liberalismo y no conocen el funcionamiento de la
economía de mercado".
En alguna medida, es por ello que la Santa Sede
advierte que "De por sí, la teología es incapaz de deducir de sus
principios específicos normas concretas de acción política; del mismo modo, el
teólogo no está habilitado para resolver con sus propias luces los debates
fundamentales en materia social [...] Las teorías sociológicas se reducen de
hecho a simples conjeturas y no es raro que contengan elementos ideológicos,
explícitos o implícitos, fundados sobre presupuestos filosóficos discutibles o
sobre una errónea concepción antropológica. Tal es el caso, por ejemplo, de una
notable parte de los análisis inspirados por el marxismo y el leninismo [...]
Si se recurre a análisis de ese género, ellos no adquieren suplemento alguno
de certeza por el hecho de que una teología los inserte en la trama de sus
enunciados"(29)
En alguna oportunidad se ha cometido el grave
error de confundir al liberalismo con el racionalismo. Tal vez se contribuya a
disipar este error citando, de los que viven, al mas destacado exponente del
liberalismo: el profesor Friedrich A. von Hayek, quien señala que el
individualismo (término por vez primera utilizado por los sansimonianos para
oponerle el de socialismo a que también ellos recurrieron por vez primera)
"estima más bien inferior el lugar que la razón tiene en los asuntos
humanos y que sostiene que el hombre ha logrado lo que tiene, a pesar del hecho
de que solo parcialmente es guiado por la razón, y que su razón individual es
muy limitada e imperfecta, y otra concepción que presume que la Razón, con R
mayúscula, está siempre a la disposición completa de todos los hombres y que
todo lo que el hombre logra es el resultado directo de la razón individual y
por consiguiente sujeto al control de la misma. Uno podría aún decir que la
primera concepción es el producto de una aguda conciencia de las limitaciones
de la mente humana, que determina una actitud de humildad hacia los procesos
sociales anónimos e impersonales, por los cuales los individuos ayudan a crear
cosas mas grandes que las que ellos saben, mientras la última es el producto de
una fe exagerada en los poderes de la razón individual y, en consecuencia, del
desprecio por todo lo que no ha sido conscientemente ideado por ella o no es
completamente inteligible"(30) y más adelante
continúa afirmando el profesor Hayek que la concepción racionalista "lleva
directamente al socialismo" donde se concibe a "ingenieros
sociales" (planificadores) que rigen los destinos de la humanidad. En el
mismo trabajo, Hayek cita a Adam Ferguson (que junto con Adam Smith, Edmundo
Burke, Alexis de Toqueville y lord Acton constituyen el punto de partida del
liberalismo clásico): "las naciones descansan en instituciones que son, en
efecto, el resultado de la acción humana, pero no el resultado del designio
humano".
Para terminar con esta breve referencia al
espíritu cristiano y liberal quisiera formular alguna reflexión sobre el
llamado "principio de subsidiaridad". Si bien es cierto que muchos de
los autores que han tratado el tema del "principio de subsidiaridad"
lo han hecho con la mejor de las intenciones y a los efectos de circunscribir
la actividad estatal a lo estrictamente necesario, dicho principio ha servido
en muchos casos, en la práctica, para que el Estado amplíe su esfera de acción
en lugar de restringirla y para justificar empresas comerciales del gobierno y
permitir aventuras estatales e incursiones en el mercado a todas luces,
antieconómicas y perjudiciales. Creo que no basta con tener conceptos claros
sino que es necesario explicarlos en términos que no resulten equívocos. Las
actividades del Estado en modo alguno son subsidiarias sino principales. Hay
funciones que debe realizar el Estado y que no deben realizar los particulares,
como así también hay áreas en las que el gobierno no debe inmiscuirse puesto
que competen al llamado sector privado. Cuando se afirma que el sector público
debe realizar sólo aquellas actividades que el sector privado no encara por
falta de interés o de capitales, se está incurriendo en un manifiesto
contrasentido. En primer lugar, porque, como hemos apuntado, el Estado debe
cumplir con sus funciones específicas y; el sector privado no debe ni puede
realizarlas con la necesaria efectividad. En segundo término, las áreas que se
encuentran fuera de aquellas funciones gubernamentales son las que el Estado no
debe ni puede atender eficientemente. El gobierno no ha sido concebido para
hacer de comerciante, industrial, banquero o agricultor, sino para hacer
Justicia. Si los particulares no encaran cierta actividad es porque consideran
que existen otras prioridades y como los recursos son escasos no es posible
atender todo en forma simultánea. En última instancia, el llamado sector
privado siempre encara todas las actividades: unas veces las realiza
voluntariamente a través de las operaciones en el mercado y otras en forma
coactiva a través de impuestos o inflación, alterando las prioridades de la
gente. El atender estas necesidades más urgentes permite una mayor
rentabilidad, lo cual generará nuevos capitales para, recién entonces encarar
otras cosas hasta el momento consideradas no viables. Si el gobierno altera las
referidas prioridades, está comprometiendo el futuro económico del país en
cuestión. No existe entonces subsidiaridad alguna en lo que se refiere al área
específica del aparato político. Podríamos, eventualmente, referimos a la
subsidiaridad o a la acción supletoria del gobierno al socorrer individuos en
situación extrema como enfermos, ancianos o desvalidos siempre que no fueran
atendidos por la beneficencia. Ahora bien, considero que este ejemplo no
justifica que se recurra al "principio de subsidiariedad" como
definición o plataforma general de gobierno, ya que por las razones señaladas
dicho principio no ayuda a precisar una filosofía de gobierno sino más bien
contribuye a hacerla ambigua (31).
Esta ambigüedad también aparece cuando se recurre
a la "justicia social" que en el mejor de los casos es una expresión
redundante y, en otras oportunidades, consciente o inconscientemente, implica,
en última instancia, "sacarles a unos lo que les pertenece para darles a
otros lo que no les pertenece" lo cual, demás está decir, contradice
abiertamente el concepto de Justicia según la clásica definición de Ulpiano (32).
En resumidas cuentas, en este breve trabajo se
pretende mostrar un bosquejo de la interrelación entre los principios del
liberalismo y el cristianismo aunque se refieran a órdenes sustancialmente
diferentes, como ya se ha puesto en evidencia. Un liberal puede o no tener la
gracia de la Fe, puede o no ser religioso, pero los principios que postula en
su esfera de acción están del todo consustanciados con los principios morales
del cristianismo. El socialismo en sus diversas formas es, en cambio, la
antítesis del cristianismo. Por ello es que S.S. Pío XI declara que
"Socialismo religioso y socialismo cristiano son términos contradictorios;
nadie puede al mismo tiempo ser buen católico y socialista verdadero"(33).
Notas: