EL CARTEL

Juan Guerrero

 

Desde el automóvil había visto el llamativo cartel, pero no alcance a leer la información.

Días después caminando por el centro, lo encontré. De llamativos colores, ilustraba a un hombre de unos treinta años, sonriendo. Al fondo un bosque en donde una chica conversaba con una hada. Al pie, a la derecha, una nota:

Cansado de lo mismo.

Una vida vacía.

Con nosotros es diferente.

Visítanos.

En la parte inferior izquierda del cartel, estaba la palabra "RELIGION" y sobre ésta en forma octagonal las palabras: Sello de Dignidad. Aprobado. Y abajo, otra inscripción que decía:

 

Garantizamos por ESCRITO que nuestro Dios no es judío

 

Jamas había visto algo tan diferente y agresivo en propaganda religiosa, un recuadro a la derecha, indicaba el nombre de la organización "Templo de la Restauración Pagana" y la dirección. No era el único cartel, había otros semejantes, con ilustraciones muy bien hechas y mensajes similares. Era como si el anuncio estuviera dirigido a mí.

Acudí a media mañana, era un local en la esquina de la calle Almendra con Alamo. Entró a la oficina una simpática joven. Me atendió. Con sinceridad le dije:

—Vi el atractivo cartel. Estoy en un vacío espiritual y deseo saber más.

—Llegó al lugar indicado

Me avisó que a las ocho de la noche de ese día empezaría una plática para principiantes.

Cinco minutos antes de la hora indicada me encontraba en un amplio salón junto con otras 25 personas. Había de todas las edades, predominando los jóvenes. La plática la dio un hombre de unos 40 años. Se presentó. Nos dijo su nombre, Carlos, y fue sobre paganismo. Sin ningún temor explicó que los antiguos dioses y las hadas se habían alejado de los mortales, al abandonar éstos sus creencias regionales. Dejar el politeísmo e irse al monoteísmo, había hecho más aburrida la vida espiritual, de forma tal que el ateísmo abundaba en la sociedad moderna, cosa impensable en la antigüedad. El mensaje final era alentador, comentando que los hijos de los antiguos dioses desean volver a ocupar el lugar que dejaron sus padres. Ya hay contacto con ELLOS, y han decidido mandar a los seguidores del "único", a su lugar de origen, en algún punto de un rincón de Egipto. El tipo era agradable, al expresar esto hacía ademanes, sonreía y hacía reír al público.

Al terminar tan ofensiva y simpática plática, a manera de presentación, propuso que cada uno, claro, si lo deseaba, se levantara y diera su nombre y por qué estaba allí.

Me encontraba en la segunda fila. Empezó un joven diciendo que llegó por la invitación de una amiga que le habló de una espiritualidad hermosa. Otro comentó que fue debido al vacío espiritual. Cuando me llegó mi turno, dije —acudo por el llamativo cartel y la plática me ha gustado—. Muchas respuestas eran repetitivas. Al llegar a un hombre de unos 50 años, se levantó y dijo:

—Estoy aquí por que tengo mucho miedo de irme al infierno y también al cielo.

Carlos, poniendo una cara de extrañeza, agregó:

—¿Y por qué ese miedo de ir al cielo?

— Es el Seno de Abraham, allí está Isaías, Elías, Judá, el genocida de David, Jacob y el sionista de Moisés. Para acabar pronto, hay 24 santones judíos que rodean a Jehová. Yo no quiero estar arrimado toda la eternidad en ese sitio.

Ante palabras tan sinceras e insólitas, todos miraron con atención al hombre. Carlos respondió:

—¿Dónde le gustaría estar?

—En otro paraíso, con los romanos que destruyeron Jerusalén. Con paganitas de graciosas formas voluptuosas y los camaradas nacionalsocialistas que lucharon por un mundo mejor.

Contestó sonriendo Carlos, —llegó precisamente al sitio indicado.Somos politeístas, hay muchos paraísos y tenemos justo uno como el que desea, para usted.

Siguieron expresando las razones de su estancia allí los demás, claro, ninguna fue tan espectacular cómo la del hombre con miedo, pero la penúltima persona, una mujer de unos 30 años, con un rostro de tristeza y depresión, contó una historia conmovedora.

—Me llamo Paulina, para mi desgracia, entré a una secta cristiana. En realidad era una vil secta judaizante, con fuertes lecturas del Antiguo Testamento, allí le destrozan a uno la personalidad. Afortunadamente, ya casi al borde de la locura, veo el cartel y los encuentro a ustedes. Por favor señores, llévenme a un paraíso donde haya perros, pero no judíos. Sálvenme, por favor.

Al terminar de decir esto, la mujer soltó el llanto. Estaba en medio de una crisis nerviosa. El conferencista llamó a la enfermera, la sacaron de allí y siguió la plática.

El ambiente agradable, el trato sincero y lo diferente en cuanto a ideas, hizo que fuera un asiduo participante.

Cada semana había una plática sobre algún tema interesante, y lo daban diferentes personas integradas a la comunidad.

Cuando se trató sobre el Islam, había gente hasta de pie. Un joven de unos 25 años fue el encargado de decirla; llamó a los árabes traidores a Zeus. Explicó que toda esa región era de ese dios y lo abandonaron por seguir a un mercader del desierto, que se copió partes de la Biblia judía y algo del cristianismo. Desenmascaró sin ningún miedo las farsas del Islam, comentando que Yahavé, Alá y el protestante Jehová es el mismo tirano, salido de los desiertos de Arabia con diferente máscara. Dio la plática con conocimiento y entusiasmo.

Nos visitó la Suprema Sacerdotisa, una mujer de 35 años, atractiva, blanca y rubia, de sonrisa agradable y promotora del nuevo paganismo.

A los ocho meses me invitaron a dar una conferencia, de unos 40 minutos de duración, para después, una sección de preguntas, como era costumbre. Escogí el tema: Los Crímenes Rituales Judíos. Iba nervioso, el tema era fuerte. Comenté que esa costumbre era de los rabinos orientales, gustándoles sacrificar principalmente a niños cristianos y su sangre mezclarla en el pan ázimo que producen antes de la pascua judía, dando datos sobre los casos plenamente demostrados. Las preguntas se prolongaron por más de media hora. Al terminar, la Sacerdotisa Suprema que nos visitaba, oyó la plática y me dijo:

—Deseo felicitarlo por la forma ágil y bien documentada en que expuso ese tema penoso, pero real. Además, contestó las preguntas con precisión.

Los fieles y simpatizantes aumentaban, pero antes de cumplir dos años el Templo de la Restauración, empezaron los ataques. Primero con timidez en la prensa; luego, en periódicos y revistas, radio, y culminando en programas alarmistas de televisión.

Los ataques se fueron organizando, y como nunca había pasado, se pusieron de acuerdo; rabinos, ayatolas, obispos, reverendos, archimandritas, grupos de derechos humanos, maricones y lesbianas; para condenar el Templo de la Restauración Pagana.

Los seguidores de Restauración Pagana, cubrían una amplia gama de personas; tranquilas y serias, en crisis espiritual, estudiosos de la historia y tradición; jóvenes rebeldes ante el Sistema, que encontraban allí respuesta al vacío espiritual; grupos racistas, antisionistas y politeístas puros.

Una tarde el Templo fue incendiado por una turba de furiosos monoteístas. Los dirigentes de Restauración Pagana, no tuvieron ni el recurso de réplica, ni pagando les aceptaban ni media página en ningún periódico. Igual trato era en radio y televisión. En otra ciudad, había también otro Templo, y corrió la misma suerte.

Se dictó orden de aprehensión contra los dirigentes, se les acusaba de fomentar el racismo y costumbres antiguas, hoy superadas. Lograron ponerse a salvo, recomendando a los fieles que ante esa locura de la intransigencia monoteísta judaica, guardaran calma y cada uno pidiera a sus dioses.

Sin un líder rector, los jóvenes radicales se organizaron, eran pocos, empezaron con travesuras. En el templo protestante que más actividad desarrolló contra la Restauración, entraron en el día y con aerosol, con grandes letras, pusieron: Jehová: Solterón, Amargado, Asesino y Sionista. Su blanco principal eran las sinagogas, donde también ponían insultos mucho más fuertes a Yahvé, Abraham y demás usureros y asesinos judaicos.

Hubo otros ataques más serios. Se quemaron varias sinagogas y templos protestantes. Luego, la vigilancia día y noche hizo que se suspendieran los ataques. Poco a poco todo fue olvidándose.

Pasaron los años. No se volvió a organizar otro Templo Pagano. De mi aventura en la Restauración, quedaron buenas amistades que aún veo con frecuencia, entre ellas Paulina; y un amor, una preciosa paganita de otra ciudad, donde estaba el otro Templo, con la cual me casé.

Una mañana visitábamos un gran centro comercial. Mi paganita me acompañaba, casi 30 años de casados y aún no perdía sus graciosas formas esbeltas. Subíamos por una escalera eléctrica cuando veo venir en la otra que bajaba, a una hermosa mujer, había algo familiar en ella. Cuando nos cruzamos y quedamos a un metro de distancia, me sonrió. Contestó el saludo y le dije a mi esposa.

—Es ella, ¡la Suprema Sacerdotisa!

Se asombró mi mujer y me dijo al oído:

— No la conocía. Allí nos visitaba otra persona.

Decidido a platicar con ella, brinqué de una escalera a la otra, pidiendo disculpas entre la gente, saltando escalones llegué a la planta baja, un guardia me preguntó:

—¿Qué pasa?

—Es mi mamá. Hace 20 años que no la veo.

—Pase usted.

Salí al estacionamiento. Un automóvil se detuvo. Llegué corriendo a su lado, cuando casi abría la puerta.

—¡Oiga!, ¡sin duda es usted!

Sonriendo me contestó:

—Soy yo. Gusto en verlo. No olvido su plática sobre los crímenes rituales. Tengo prisa, pero quiero decirle que nos estamos reorganizando, deseo presentarle a dos visitantes.

Abrió la puerta y dijo:

—Un seguidor nuestro muy entusiasta, de toda confianza.

Un hombre joven muy bien presentado, me extiende la mano y me dice.

—Gusto en saludarlo, soy el hijo de Odín.

Luego, una mujer joven de gran belleza, estaba situada a su lado. Me saludo diciendo:

—Soy hija de Némesis. La venganza es mi pasatiempo. Ahora sí vamos ya en serio.

Me despedí de ellos. Volví a la tienda. Mi linda paganita estaba esperándome cerca de la escalera eléctrica.

—¿Lograste alcanzarla?

—Sí, te traigo buenas noticias.