EL LIBRO NEGRO DEL COMUNISMO

CRIMENES, TEROR Y REPRESION

G. ANDRADE

El Comunismo no ha tenido su juicio de Nuremberg, se ha observado. Podemos preguntamos por la utilidad de un juicio tal, como hacía A. De Benoist en estas páginas ("Ocho reflexiones sobre la <<muerte del comunismos>>", CC 25, 1992). Pero que había que decir algunas verdades, es evidente. Aquello de lo que por sabido se calla, y por callado se olvida, se aplica más que nunca a esta materia.

Lo novedoso es que no es una casa editora marginal, sino importantes editoriales de Occidente (R. Laffont para la ed. francesa, 1997) las que nos traen esta sorpresa; y no es obra de una autor "de derecha" arriesgando el ostracismo si no algo peor, sino de autores del mundo de la cultura "oficial" (s. Courtois, coordinador de la edición, es director de investigaciones del Centre National de la Recherche Scientifique de París) y por añadidura, de izquierda: hombres de izquierda que nos siempre fueron extraños a la fascinación del comunismo –dice elegantemente C.- y que, por ser tales, deberían "reflexionar sobre las razones de su ceguera" y no dejar a la extrema derecha "el privilegio de decir la verdad" (l).

El equipo dirigido por C., integrado por distintos especialistas, emprende el estudio del sangriento registro del comunismo en la Unión Soviética, antes, durante y después de la guerra civil y a lo largo de buena parte de su historia (1ª. Parte: "Un Estado contra su pueblo"); lo sigue a través de la acción revolucionario en Europa –y especialmente en España durante su Guerra Civil- en la época de la Komintern; en las democracias populares europeas, en Asia oriental y en un "Tercer Mundo" residual que comprende a América Latina, África y Afganistán. La introducción y la conclusión son también de C. En tanto la primera parte, obra de N. Werth, se extiende por casi un tercio de las páginas del libro, y un poco menos abarca lo dedicado al comunismo este asiático, el capítulo sobre América Latina es más breve y menos satisfactorio. Mucho de lo que aquí se expone ya estaba dicho, pero la obra se beneficia de la apertura de nuevos archivos después de 1989. Se trata, en suma, de una lectura poco agradable. Es verdad que la historia tiene facetas desagradables, aunque no siempre el historiador esté obligado a concentrarse en ellas. Los autores abordan con honestidad el problema: en este siglo XX –dice C.- "siglo de las grandes catástrofes humanas", el comunismo –el comunismo real, para distinguirlo del comunismo como mera idea, el comunismo en el poder-, puso en funcionamiento una presión sistemática " hasta llegar a erigir, en momentos de paroxismo, el terror como forma de gobierno. Cierto, al cabo de un tiempo variable en cada régimen, se pasó a formas más estables y menos terribles de control de las poblaciones (censura, etc.); con todo, la "memoria de terror" siguió funcionando como un eficaz disuasivo:

"Ninguna de las experiencias comunistas que en algún momento fueron populares en Occidente escapó de esa ley: ni la China del <<Gran Timonel>>, ni la Corea de Kim II Sung, ni siquiera el Vietnam del <<agradable Tío Ho>> o la Cuba del radiante Fidel, acompañado por el puro Che Guevara..." cierto nuevamente –se adelanta a reconocer C.-, la historia de los regímenes y partidos comunistas no se reduce a una dimensión criminal; y ello no obstante, archivos y testimonios muestran que "el terror fue desde sus orígenes una de las dimensiones fundamentales del comunismo moderno".

De esto se trata pues. Ahora bien, como señalaba siempre C., este terror sistemático, estos crímenes, no han sido evaluados ni histórica ni moralmente –para qué decir juzgados-. La comparación con el nacionalismo se impone: No sólo ha habido en este caso numerosos juicios, muchas veces en condiciones abusivas o poco favorables para las defensas; desde aquéllos famosos de Nuremberg, donde no se aceptó que los abogados defensores recusaran a jueces y fiscales soviéticos.

No sólo el régimen nacionalsocialista ha sido condenado repetidamente, en todos los tonos y las más diversas formas, desde 1945. Sino que el simple hecho de negar, de discutir, de revisar los "crímenes nazis", tal como los han consagrado la historiografía "oficial", es hoy delito en muchos países occidentales (cf. "Crimen Atrox", CC 45, 1997): Monsieur Courtois olvida este detalle. Sin embargo, cuando el Libro Negro fue presentado en la TV francesa, envió a C., desde luego; pero también a dos personeros comunistas, a modo de "contraparte" sin duda (Lectures Francaises 488, Dic. ´97). ¿Se imagina alguien que cuando Poliakov o Vidal-Naquet presentan sus libros sobre el holocausto se pusiera junto a ellos un autor, no digamos "neonazi" sino sólo "revisionista"? Dice C.: la muerte por inanición de un hijo de gulag ucraniano deliberadamente entregado al hambre por el régimen stalinista «equivale» (comillas del autor) a la muerte por inanición de un niño judío del ghetto de Varsovia. Claro que sí; mas si se siente necesidad de precisarlo, es porque ha habido y hay víctimas privilegiadas: hace algunos años, cuando E.Nolte afirmó que había un nexo causa entre el gulag y Auschwitz, y cuando A. Hi Ugruber comparó las víctimas alemanas de la invasión soviética y las víctimas judías, ambos fueron acusados de "relativizar" el Holocausto. C. insiste en que habría que reflexionar "por lo menos" en la similitud entre el régimen nazi y un sistema que gozó de plena legitimidad internacional hasta 1991, anotando por un lado 25 millones de muertos, contra 100 millones imputables al comunismo en cuatro continentes. La responsabilidad por las cifras es del autor; como sea, no es una pequeña diferencia. Y hay más: según C., 70.000 alemanes fueron víctimas de un programa de eutanasia entre 1939-1941, "hasta que las iglesias elevaron sus protestas y el programa fue detenido". Demos por bueno el hecho. El punto es: ¿puede concebirse a las iglesias rusas intercediendo -y eficazmente- por los kulaks u otros "enemigos de clase' del poder soviético?

El autor pasa revista, valientemente, a las razones de esta hábil diferencia en el trato: la idea de "revolución", con valor positivo, que embarga las almas occidentales desde hace dos siglos; que los comunistas estuvieran "del lado del bien" en la guerra mundial; la auténtica prostitución de tantos intelectuales de Occidente... Entre estas razones señalamos: los comunistas comprendieron las ventajas que podían sacar del recuerdo del "genocidio de los judíos" para "reactivar regularmente el antifascismo". C. es prudente, y no valora tal vez todo el alcance de este reconocimiento.

Mas cuando se trata de preguntarse el porqué de los crímenes comunistas es que los autores muestran sus preferencias íntimas. No se encuentra tanto, para ellos, en la ideología o en la utopía, como muchos han subrayado. Mencionan a Nechaiev, el autor del extraordinario Catecismo revolucionario que parece anticipar al leninismo; pero omiten mencionar que aquél pertenecía a la tradición anarquista-socialista. Por el contrario, Lenin se basaba sólo en "algunas nociones marxistas elementales". Si el terror fue erigido en sistema en Rusia, las razones están más bien en el "fondo de arcaísmo" de este país; en los estratos profundos de la historia rusa, predispuesta a la violencia (aunque reconocen que los zares, en un siglo, ejecutaron menos hombres que los bolcheviques en los cuatro primeros meses de la Revolución); en la guerra 1914-18, que brutalizó las relaciones sociales; en definitiva, en el militarismo (Kautsky: "las tendencias brutales del militarismo"). En ningún caso asignan responsabilidades a las divinidades modernas del Progreso, la Historia, la Revolución, la Igualdad, etc, es decir, a la ideología "progresista" de 1879 en más.

El Libro Negro roza aquí y allá la noción de totalitarismo, sin entrar decididamente en ella. La llamada "teoría del totalitarismo" considera a comunismo y nacionalsocialismo (o, más ampliamente, fascismo) como especies de un mismo género. En general rechazada con indignación por las gentes de izquierda, la teoría encuentra aceptación sea desde el punto de vista liberal (se trata de los enemigos de la famosa "sociedad abierta"), sea desde el punto de vista cristiano (todo esto ocurre porque el mundo se ha alejado de Dios). Permite salvar la buena conciencia de las sociedades occidentales (los criminales son los "otros"), y da una aparente racionalidad a los fenómenos políticos (ya no se trata de los caprichos de Gengis-Khan o de Nerón). Pero, los reiterados bombardeos a Irak, y el bloqueo igualmente homicida, ¿deben ser consignados bajo el rótulo de crímenes del capitalismo? ¿Y los crímenes de la Revolución Francesa (el genocidio franco-francés, que dice un autor contemporáneo), con todo y la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano? ¿Y los crímenes en nombre de la religión ... ? Bien dice Unamuno que los hombres se han matado por si el pan es pan y el vino, vino. Será mis honesto reconocer, finalmente, que el hombre es el lobo del hombre y acotar las responsabilidades, con sentido crítico, en cada caso.

Cierto, habrá seguramente -y será necesario que lo haya- un revisionismo en la historia de los crímenes del comunismo; tal como lo hay -pese a todo- respecto de los crímenes atribuidos al nacionalsocialismo. Las dificultades que encuentra este último no deberían hacer desear barreras semejantes para el otro, si es que lo que importa es la verdad. Pero también aquí hay diferencias. No es sólo que nadie arriesga la cárcel por discutir la existencia del gulag. Cuando se publicaron en Occidente los primeros testimonios sobre el terror rojo, bastó a los comunistas rechazarlos como obras de propaganda. Nadie interrogó nunca a los verdugos de la Cheka, y tampoco nadie pudo contrainterrogar a los testigos.

Después de la II G. M., Paul Rassinier, ex internado en Buchenwald, pudo encarar a los pseudotestigos que hablaban de ejecuciones masiva. en ese campo. Más recientemente se ha discutido, con investigación en el terreno, de las posibilidades técnicas de un exterminio por gas. Salvo en el caso de las experiencias más próximas, las discusiones sobre los crímenes del comunismo están condenada, a ser puramente librescas.

El Libro Negro finaliza con una nota optimista: "todo lo inhumano es insensato e inútil". Posiblemente. Otros creyeron antes en "la guerra que terminaría con todas las guerras", y qué duda hay que el Octubre Rojo fue saludado con una explosión de optimismo acerca de la nueva etapa humana que comenzaba. Si el hombre es el lobo del hombre, buena parte de su ferocidad ha sido desatada por el comunismo que es congénito a la utopía.