EL ESPECTRO VACIO

Contribución de J R Blasón Celta, Colombia

En sus sombríos y obscuros parajes remembra las largas y disonantes épocas de fríos temores ocultos, por insondables silencios que asemejan largos letargos invernales, se encontraba absorto en su mirada, con sus ojos penetrantes y hundidos como en abismos sin fondo, daba la sensación de que sólo era una parte más del castillo que habitaba, su quietud era una serenidad completa frenética apunto de ebullir en la agonía del limbo terrenal, y entonces decidí acercármele, creo que el recorrido de unos cuantos metros se hizo largo e interminable, como si cada paso que diera hacia delante me retrocediera dos, pero por fin llegué y estabamos frente a frente, mirada con mirada, odio contra odio; donde el estaba sentado parecía un trono lúgubre en el cual se oían los quejidos lejanos de llantos de inquietud ante la potencia de la luz para entrar en la obscuridad profunda de la atmósfera de el sitio; el cual era muy alto, de paredes grises que más bien parecían una fosa, en la que se sentía el goteo de alguna filtración que llevaba muchos siglos tratando de abrirse paso entre las duras rocas puestas como un tumulto de ejércitos impenetrables, a los lados se encontraban dos corredores que conducían a ninguna parte de la nada que ese lugar no importaba. Por fin me decidí a hablarle, mirándolo fijamente en sus ojos sórdidos de grietas ancestrales, el cual los pasos del tiempo no parece que le hicieran efecto, su cara dura por el trabajo de conquistar imperios, frente a grandes ejércitos, tenía una gran barba hasta el vientre, era muy abundante, lisa en la raíz y ensortijada al final; tenía una gran túnica vino tinto ajada por los años de tanto arrastrarse por el piso sucio y agrietado de los largos corredores; su cabello muy blanco que se confundía con su barba por que lo tenía tirado hacia delante, como si las constantes guerras en las cuales había luchado y dirigido nunca hubieran doblegado el placer de sentir el cabello agitado por el viento, sus manos reposaban sobre el pasamanos del sillón, eran grandes y duras como mazos que destrozan las rocas sin piedad, como el diamante que corta los vidrios con la sencillez del filo eterno.

Finalmente le dije –por fin, después de tantos ciclos del reloj estabamos en las mismas penumbras-; me observó y sus ojos ni siquiera se movieron, eran fijos y cortantes, entonces solo respondió con una voz de trueno que resonó en todas las instancias.

Los años del infierno nos han unido en las mismas tragedias y por eso estamos aquí de nuevo--; en ese momento comprendí que él ,mi padre, aun tenía la misma fuerza devastadora para acabar con todo lo que lo rodeaba.