COMUNICADO DE ÚLTIMO REDUCTO EN REFERENCIA AL RECIENTE EPISODIO EN NUEVA YORK DE LA GUERRA DE ISRAEL CONTRA PALESTINOS Y MUSULMANES ÁRABES

"¡Horroroso!, ¡espantoso!, ¡cobarde!, ¡holocaústico!", etcétera. Que hay que castigar a los culpables; que todos queremos la paz y repudiamos el terrorismo; que todos estamos conmocionados, indignados, etcétera. Sí, ya lo han dicho hasta el cansancio, mientras repiten una y otra vez el momento en el que estrellan el segundo avión contra una de las torres babélicas de Manhattan y su consecuente derrumbe. Nadie se opone a ninguna de esas afirmaciones, incluyendo al gobierno de Irak o la Organización para al Liberación de Palestina. Hasta nosotros manifestamos desde aquí nuestro repudio al terrorismo, sea fundamentalista islámico, sea fundamentalista cristiano, sea fundamentalista judío (¿sionista?) o de cualquiera otra religión. Repudiamos el terrorismo subversivo, separatista, de Estado o de una alianza de países. Ah, y también nos sentimos muy, muy, pero muy tristes, por la muerte de los inocentes.

Pero, ¿cuántos de esos que han declarado públicamente su repudio al acto terrorista contra dos de los símbolos de la hegemonía globalizadora del gendarme del mundo, en silencio, en privado, interiormente, esbozan una sonrisa de gusto, de satisfacción... de alegría? ¿Cuántos de ellos han tenido que pronunciar un discurso de duelo por tener que ser políticamente correctos, pero piensan que el gran sheriff apenas está pagando una de las muchas que debe?

En efecto, la honda del mujahedín islámico derribó al goliat israelita-neoyorkino con un par de golpes certeramente asestados. Una auténtica patada en los testículos a los falofílicos intereses circuncisos que erigieron un símbolo de su poderío mundial en forma de torres monumentales que se empeñaron en que fueran las más altas del mundo, y que han hecho del Pentágono el hexagrama de su ambición y despotismo.

Cada vez que repiten por televisión las imágenes que todos conocemos de estos hechos, no podemos dejar de pensar en los bombardeos con fósforo a las ciudades alemanas durante la Segunda Guerra Mundial; no podemos dejar de pensar en los verdaderos holocaustos de Hiroshima y Nagasaki; o en los ataques genocidas a Líbano y a Bagdad; ni en las numerosas invasiones militares contra México.

Por otra parte, es claro que para el fundamentalismo islámico no existe el tabú occidental que le impida expresar públicamente que Nueva York es una metrópoli con numerosa población e intereses judaicos (algo así describió el célebre empresario norteamericano Henry Ford, en su conocido y censurado Judío Internacional), la cual apoya, por su puesto, al Estado de Israel en el despojo de sus espacios vitales al pueblo palestino. Es un hecho que la autocensura y la censura heterónoma impide que públicamente se declare en los medios occidentales que el ataque a Nueva York es una respuesta a la beligerancia del gobierno estadounidense en su política exterior (e interior) a favor de Israel y en detrimento de los países musulmanes.

Por ello, a los norteamericanos les corresponde hacer cuanto esté a su alcance para que se detenga la participación de Estados Unidos en conflictos que le deben ser ajenos, pues esta es la mejor manera de asegurar que no vuelvan a ser víctimas de un ataque terrorista. Los norteamericanos tienen otro asunto por resolver sumamente importante, que se refiere a juzgar a su presidente por ordenar el asesinato de sus connacionales, con el pretexto de que existía la posibilidad de que el avión secuestrado fuera estrellado, argumento que no deja de ser pura especulación. En este caso, parece que el objetivo iba a ser Camp David, sitio en el que no hay concentración de población, pero que posee una fuerte referencia a uno de los reyes judíos y Bush ordenó derribar un avión civil comercial secuestrado, antes de que se mancillase el monumento a la entrega de la política exterior de Estados Unidos a los intereses judíos. El hecho es que el presidente de Estados Unidos ordenó el asesinato de ciudadanos norteamericanos.

Estados Unidos tendrá que dejar de actuar como maquinaria de guerra de Israel, como aparato ejecutor del odio y revanchismo talmúdico, como la mejor manera de garantizar la seguridad de sus nacionales contra posibles ataques terroristas. Por lo pronto, ya se tambalea el entramado ideológico del establishment multiracial, pluriétnico, del melting pot, con las demostraciones de intolerancia y de xenofobia dentro de su propio territorio contra sus ciudadanos musulmanes y árabes.

Todos queremos la paz. En eso estamos de acuerdo. Y creemos que la vía diplomática es la única legítima para llegar a ella. Por eso, la única manera de garantizar la paz en este momento, es que se retire la ocupación sionista del territorio palestino, al cual han traído población judía de puntos remotos del planeta. Muchos de estos judíos nunca antes habían sabido lo que es vivir en una región desértica y son, por ello, completamente ajenos al habitat árabe.

El caso de México es muy triste, pues hay un grave riesgo de que su población pueda ser víctima de algún ataque terrorista, todo porque "su" canciller, Jorge Castañeda Gutman, por su filiación y militancia política (identificado como cabeza del grupo Likud en el gobierno mexicano, según el análisis de investigadores del Centro de Estudios para la Liberación de los Pueblos ), despierta la indignación e ira de amplios sectores de la población árabe-musulmana internacional. Cabe señalar que Gutman --por encima de la voluntad de los mexicanos, de sus leyes y de los tratados internacionales que México ha firmado--, ha pronunciado discursos que invocan la guerra para castigar a los "culpables" del atentado, disponiendo así de la soberanía y los recursos de los mexicanos para ponerlos a las órdenes del kahal neoyorkino.

Hay que recordar que anteriormente, el también catedrático de la Universidad de Nueva York, ya había dado muestras de su exacerbado belicismo, cuando proclamó su pretensión de que mexicanos participaran en activo con las tropas de la ONU en "misiones de paz", expresión con la que se refiere (ahora es más obvio), a invadir naciones que se declaren enemigas de los intereses israelitas.

Consideramos que todas las naciones tienen el derecho a la autoderminación de su destino en lo universal y a que cada pueblo busque darse a si mismo la forma de gobierno que sea la más adecuada para promover su mejor desarrollo posible, de acuerdo con su idiosincracia y valores. Por ello repudiamos las condenas al régimen talibán y al pueblo agfano, así como cualquier forma de amenza, presión o ataque económico o militar, en tanto que no se ha presentado ninguna prueba de la participación de este gobierno, sus fuerzas armadas (milicianas) ni mucho de menos de su población civil.

Finalmente, para concluir estas opiniones, en el lado de la militancia de tercera posición, cabe decir que este acontecimiento nos ha servido para darnos cuenta de quiénes se hacían pasar por camaradas, pero que en realidad son pusilánimes con vocación de prosélitos de la puerta (aspirantes a mosaicos de tercera división).

¡Palestina Libre, Ya!