Por
sí mismos ninguno le hubiera ganado. Tuvieron que
quitarse las caretas de rivales con las que lucran en
la farsa democrática para oponerse al despertar del
pueblo francés convocado por Jean Marie Le Pen. En
primera instancia, lo que parecería un hecho
insólito: extrema izquierda, izquierda y centros de
diferentes denominaciones se aliaron con la derecha
chiraquista contra algo que la prensa y numerosos
supuestos expertos llaman "ultraderecha".
Dentro de esa geometría política, lo lógico sería
que los extremos se sumaran a las posiciones más
próximas al centro y se mantuvieran opuestas a sus
supuestos antagónicos en el otro lado del plano
cartesiano partidista; pero el hecho es que las
izquierdas marxistas, homofílicas, globalifóbicas y
africanizantes; y las derechas oficialistas,
burguesas, globalifílicas y liberales tienen mucho
más en común entre sí que con lo que han llamado
"ultraderecha", que en realidad se trata de
una expresión de socialismo nacionalista.
Contrariamente a lo que
académicos rojetes erróneamente han difundido, en
presentar al fascismo (genéricamente) como una forma
imperialista del capitalismo, vemos que las
burguesías chiraquista y democristiana
prefieren como aliados a los pseudorredentores del
proletariado, y viceversa. No es la primera vez que
esto ocurre. La Segunda Guerra Mundial nos da el más
claro ejemplo de la complicidad capitalista
demoliberal y el socialismo marxista contra el
Nacionalsocialismo. Esto se debe, como es sabido, a
que capitalismo globalizador y socialismo
internacionalista fueron y son dos expresiones de la
judaización de la política y la economía,
opuestas, como tales, a la unidad de destino en lo
universal de los pueblos.
En
esta ocasión, los juniors revoltosos que se
disfrazan y hacen giras por el mundo para protestar
contra la globalización económica, se tomaron de la
mano con aquéllos que son parte e impulsores del
sistema que dicen combatir; se amasiaron en una
melodramática y cursi marcha oficialista contra Le
Pen y los valores nacionalistas que promueve. Por
algo José Ortega y Gasset dijo que ser de izquierdas
o de derechas son dos maneras de ser igualmente
estúpido.
Incapaces
de articular un discurso interesante y atractivo para
el electorado, su única ideología se reduce al
antifascismo. El vacío político que promueven,
tiene como antagonismo y obsesión de todas sus
paranoias las expresiones nacionalsocialistas o
cualquier idea, palabra, signo o señal que pudiera
insinuarlas. ¿Qué sería de ellos sin Le Pen? Esto
es lo que dijo en mayo de 1997 un afamado intelectual
de izquierda francés, Jean Baudrillard:
"¿Por
qué todo lo que es moral, conforme y
conformista, y que tradicionalmente era de
derechas, se ha pasado a al izquierda? [...]
"Revisión
desgarradora: mientras que la derecha encarnaba
los valores morales, y la izquierda, por el
contrario, cierta exigencia histórica y
política contradictoria, ésta se ha convertido
actualmente despojada de toda energía
política en una pura jurisdicción moral,
encarnación de los valores universales, campeona
del reino de la Virtud y gerente de los valores
museales del Bien y de la Verdad, jurisdicción
que puede pedir cuentas a todo el mundo sin tener
que presentárselas a nadie [...] Esta
moralización de los valores es una derrota
histórica de la izquierda (y del pensamiento);
que ya no puede juzgarse la verdad histórica de
algún acontecimiento, la calidad estética de
una obra o la pertenencia científica de una
hipótesis si no es en términos de moral [...]
"Al
estar la izquierda tan desvitalizada
políticamente como la derecha, ¿a dónde se ha
pasado la política? Pues al lado de la extrema
derecha. Como decía muy bien Bruno Latour en Le
Monde, el único discurso político en Francia
es, hoy en día, el de Le Pen. Todos los otros
son discursos morales y aleccionadores, de
gestores y programadores [...]
"A
Le Pen habría que inventarlo. Es él quien nos
libera de toda una parte maléfica de nosotros
mismos, de la quintaesencia que hay en nosotros
mismos. En este sentido hay que lanzarle el
anatema, pero ¡ay de nosotros si desapareciera!
Quedaríamos a merced de todos nuestros virus
racistas, sexistas, nacionalista (nuestro
patrimonio común), o simplemente de la
negatividad homicida del ser social...
[...]
Le Pen es el único analista salvaje de esta
sociedad. Que esté en la extrema derecha no es
sino la triste consecuencia de que hace tiempo
que ya no hay ninguno en la izquierda ni en la
extrema izquierda [...] El es el único que opera
una reducción radical de la distinción
derecha/izquierda..."
Así, mientras
los clubes del antilepenismo se revuelcan en la
miseria de su incapacidad y confirman su esclavitud a
un centro político inmóvil y vacío por
definición que al electorado le resulta,
merecidamente, cada vez más indiferente o repulsivo,
Le Pen brilla como el único verdadero promotor del
cambio, hecho que escandaliza a los siervos del
sistema por todo el mundo.
Cunde
entonces el pánico de las buenas conciencias de la
democrcia que quieren encontrar en sus confines
particulares expresiones lepenistas o similares para
proclamarse de inmediato como sus exorcizadores o
como sus víctimas. No cabe duda de que el
antilepenismo, el antifascismo y el antirracismo son
negocios económicos y políticos que dejan buenas
ganancias a sus promotores, a quienes de inmediato se
les colgará la medalla de "intelectuales"
y se les patrocinarán sus actividades. El triunfador
en este caso particular fue Jaques Chirac, candidato
que ganó la presidencia con el 15 por ciento de los
votos.