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Hace casi dos décadas, en
1983, que el escritor mexicano Alberto Ortíz
publicó su primera novela: Brigada Roja. En
un lapso de tres años, cuatro novelas más y un
ensayo de denuncia circularon discretamente en un
puñado de pequeñas librerías, circuito de
distribución tan alternativo como la edición a
cargo del propio autor. Era la única forma de
asegurar que estos libros llegaran a un pequeño y
exigente público ávido de verdades sin disimulo y
literatura sin mordazas ni compromisos con
padrinazgos económicos o políticos. Su inspiración
y convicción Nacionalsocialista se expresan con
naturalidad y franqueza, pero sin solemnidad ni
nostalgia. La actualidad de los temas que trata,
atrapa al lector desde las primeras páginas y la
amenidad de su pluma hace difícil parar antes de
llegar al final.
Así, los libros de Ortíz
pudieron ser adquiridos durante algunos años, pero
ya para 1990 era casi imposible conseguir alguno.
Para entonces ya había logrado el reconocimiento y
la admiración de reducidos núcleos
nacionalsocialistas y demás público que simpatiza
con su estilo valiente y humor cáustico, mezcla
explosiva que lo hace distinto a novelistas célebres
como Hugo Wast, por ejemplo, de modo que carece de
símil alguno dentro o fuera de su país. Posee, por
tanto, talento y singularidad sin el reconocimiento
que merece entre el público de lengua hispana.
Hace apenas unos meses, como
cumplimiento a un deber moral, fue dado a conocer El
Kahal y el Odio en otros países, con una buena
acogida que se refleja en comentarios positivos sobre
este texto y su autor. Tenemos la seguridad de que
cuando conozcan el conjunto de su obra, en especial Brigada
Roja, su mejor novela, reconocerán en Ortíz a
un camarada del más alto valor y a un maestro de la
literatura de inspiración Nacionalsocialista,
merecedor de la más amplia difusión, con todo y los
riesgos que implica salirse de la cuadrícula de lo políticamente
correcto, y lo literariamente correcto
y sus celebridades, como Saramago, Allende, García
Márquez y demás comunistas de abolengo. Ortíz es
la antítesis de todos esos.
Autodidacta, polemiza también
sobre algunos dogmas científicos que por lo general
no se nos ocurre cuestionar, pero el espíritu
crítico del maestro Ortíz encuentra debilidades en
tales supuestos inobjetables, a los cuales contrapone
sus teorías.
Empresario generoso y hombre de
ciencia, Ortiz también ha contribuido al bienestar
de la humanidad con sus aportaciones al campo de la
salud, en el que se ha destacado por el desarrollo de
métodos para suministrar medicamentos
epidérmicamente, con magníficos resultados
comprobados. Un verdadero filántropo no es el que
dice los mejores discursos, sino el que empeña su
trabajo para lograr un avance efectivo en la calidad
de vida de todos. Este es el caso de Ortíz.
Último Reducto ha recibido un
honor y una encomienda especial: publicar en este
medio una selección de textos de la más reciente
obra del maestro Ortíz, EL QUINTO PODER, para darla
a conocer en nuestro número del próximo otoño.
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